Mi cena de Nochebuena

Mis amigos y mi familia están preocupados, piensan que pasaré solo este día, yo no, sé que tendré compañía. Invitaré a cinco conocidos, sumados a mi persona seremos seis, el aforo permitido. Ya comencé a armar la reunión, será una cena de Nochebuena diferente.

El primero que aparece en mi mente es Bartleby. Fui a su trabajo, copia documentos judiciales a mano. Lo entusiasmo para que acuda a la cena, su presencia sería muy apreciada. Me contesta, predeciblemente: “I would prefer not to” (preferiría no hacerlo). Recuerdo a Homero. Canta poemas, historias, se acompaña con su lira. Sería perfecto, tendríamos poesía y música para animar la reunión. No queremos perder el significado de sus cantos. Busqué en la UV un traductor de griego clásico arcaico. No encontré estudiantes registrados en esa disciplina. Me comentaron que desde que el castellano dejó de ser lengua vehicular, los estudiantes miran al futuro: comunicación por emoticones. Lo descarté pero no me amilané. Decidí invitar a Juan (Juan C. Onetti). Lo encontré tumbado en la cama, como casi siempre. Para tentarlo le hablé de mi buena provisión de whiskies: Laphroig, Talisker, Ardmore, Glenffidich, todos single malt; Teacher’s, Islay Mist y Black Label, blended. Si nuestra conversación le aburría, podría hojear las policiales completas de Agatha Christie que poseo. No pasaría ni sed ni aburrimiento. Acepta venir finalmente, pone una condición: que no le tome fotos (*).

Tengo cuatro sillas por llenar. Pensé en Faulkner, Juan lo admira. Hay whisky suficiente para ambos. Lo llamé, respondió tan borracho que no entendí nada, él tampoco. No sé si hablaba inglés o qué; bueno, era como leer “The sound and the Fury” (El sonido y la furia). Quiero cursar invitaciones a diferentes mujeres. Pensé en Julieta Capuleto. Traería frescura y mucha juventud. Hablé con sus padres, resultaron unos estirados patriarcales. No le permiten salir sola, es una niña de sólo 13 años, argumentaron. El toque de queda es otro inconveniente, si la pilla en mi piso, la sociedad me acusaría de pederasta. Los Capuletos me echaron en cara el haber vendido barato (para pagar la cena) mi Alfa-Romeo Giulietta a los Montescos. Sigo con sillas vacías.

¡Oh, una idea! Siempre había querido conversar con Dolores Haze, Lolita. Nabókov escribió su novela desde la retorcida, compulsiva manía, y peor depravación de Humbert. Nunca supimos qué pasaba dentro de la cabecita de niña nínfula de Lo, no le dio voz propia. Tengo esperanzas de conocer su visión, cómo lo habría contado ella misma. Le prometí helados con fresas y nata, aceptó sin chistar. Después de mi fracaso con Faulkner, recordé a Hemingway. Lo admiro. Esa mezcla de gran escritor y divo aportaría una nota de brillo a la cena, otro huésped interesante. Le informé que habría abundante whisky, él tampoco es abstemio. Sin embargo, dijo que sólo aceptaría participar en la reunión si le aseguraba una gran cobertura mediática. Le dije que no, no aparecerían ni periodistas, ni televisión, ni siquiera se tomarían fotos. Lamenté mucho que no participara de nuestra cena.

Pensé en Virginia (**), la invité. Seguro que se trenzará con Juan, está preparada y gusta de los veteranos cultos. Ya estoy saboreando esas conversaciones. Vendrá, me aseguró que no se iba a perder una buena charla con Juan, dejará su bebé con una canguro. Virginia, concreta, decidida, de armas tomar; él, indefinido, indeciso, siempre inconcluyente. Ella no se hace problemas, llega, le gusta acabar lo que comienza. Juan es como el aire húmedo, frío, hostil, un viento que penetra el alma y destapa lo peor. No cierra, las certezas quedan suspendidas, son garúa que se adivina en el suelo, pero no se ve caer. Virginia es querida, empuja, va adelante contra viento y marea, su frontera es la que ella define, sus alegrías concretas, sus dudas diáfanas. Las de Juan son pura niebla, cerrazón, barro, indefinición, sentimientos abortados, acciones pendientes, deseos frustrados, optimismo en el pesimismo, belleza en la fealdad. A Juan, todo el mundo le tiene miedo.

Aún me quedan dos sillas por completar. Me gustaría que James Horowitz (alias Salter) estuviera con nosotros. Como a mí, le gustan mucho los aviones, fue piloto militar de jets de los 50. Su estilo literario es el mismo que cuando pilotaba un F-86 en un dog-fight contra un MIG-15 (***), cualquier maniobra en exceso sería utilizada por el enemigo para derribarle. Al escribir, todo adjetivo, toda expresión sobrante no hará más que diluir los significados. James no es un árbol frondoso, es un arbusto robusto, su esencia está bajo tierra, en raíces enormes, muy extendidas. No aceptó venir, es un hombre de familia, lo pasará en su casa. Sigo con sillas libres. Se me ocurrió darle un poco de color a la mesa. Mi antigua compañera de la universidad de Brandeis, Angela Davis sería un invitado ideal. Fue dirigente de los Black Panthers (Panteras Negras). Me contestó que no, no vendrá, era de esperar. Respondió como a comienzos de los 60, me llamó “capitalist pig”  (cerdo capitalista), recordaba que me había reunido en la universidad con la hermana disidente de Fidel Castro, fue en 1963. Terminó con una recriminación por mi falta de conciencia política, mi escapismo intelectual. Mientras ella acudía a las clases de Herbert Marcuse, yo, el inútil romántico, había preferido las de literatura sobre “ese blanquito clasista de Hemingway”. Hay cosas que nunca cambian.

Pensé que una dama más tradicional vendría bien en la mesa, contrarrestaría personalidades como las de Dolores y Virginia. Recordé a Anna Sergeyevna. Con finesa, amabilidad infinita y ternura de amante me contestó que no nos podría acompañar, no tenía con quien dejar a su perrito. El completar la lista de invitados se me está poniendo difícil. Mi mente saltó hacia lo opuesto de Anna, alguien más coherente con los tiempos que corren. Pienso en Mary Karr. La llamé, respondió, me preguntó si aquí también llovía como donde ella estaba. Se sentía invadida por un diluvio color magenta, era de sopa de tortuga, fluía del suelo hacia el cielo, un cielo cubierto de boniatos color cian. Reconocí su alucinación, vaya uno a saber qué ácido probó. Interesante de todos modos. No pudimos conectar, estaba demasiado colocada. Repaso mi lista de conocidos. Dos de ellos están relacionados con la música: Idea Vilariño (conocí a su hermano músico) y Felisberto Hernández, pianista. Sé que Idea tenía una fijación con Juan, será mejor que no venga para evitarle esa presencia perturbadora, lo invadiría la timidez, quedaría obnubilado. Probé con Felisberto, estaba ocupadísimo trabajando la versión de piano del Petroushka de Strawinsky, haría el estreno para Sudamérica. Ni soñar, practicaría toda la noche todas las noches todo el día todos los días y, entre práctica y práctica, escribiría algún relato. El piano requiere dedicación, la escritura también. Volviendo a las damas, se me ocurre invitar a Emma Rouault (Mme. Bovary), también tocaba el piano. Le agradará estar en un ambiente mundano e intelectual. Juan la aceptará, es lo bastante trágica como para ubicarla en su mítica Santa María, sería una santamariana perfecta: indefinida, misteriosa, opaca, alegre y triste al mismo tiempo. A Dolores le caerá bien, sus amores subrepticios serían pasiones que ella no tuvo. Virginia le preguntará, y se preguntará, muchas cosas, se mirará en el espejo craquelado de Emma.

Debido al aforo vigente dejaré la última silla para el gordo (****). Se sentirá un poco perdido, la cultura no es lo suyo. Me gusta que esté para contrarrestar la intelectualidad del ambiente, aportará el carácter de un simple de un tío de campo. Conocí bien a su mujer, en el amplio significado de este verbo, me siento casi su pariente. Me juego a que el gordo querrá seducir a Lo, previsible. Por otro lado, alguien me tiene que ayudar con la cena. Todo lo que sea comida y bebida le encanta. El gordo prometió un lechón mamón (cochinillo) a las brasas sumado a una gran variedad de carnes y embutidos. Antes ofreceremos unos hors d’oeuvre de diferentes procedencias. Mi ex esposa me mandará sus huevos rellenos, exquisitos. Los viene preparando para estas festividades desde mediados de los 60. Haciendo honor a mis veinte años de vida vegetariana prepararé mi salad maison  (brotes verdes y de otros colores, cogollos, repollo, manzana Granny Smith, zanahoria rallada, pasas sultanas, higos pajarito secos, nueces y anacardos partidos, encima lascas de pecorino romano, aliñaré con aceite OVE (quizá lo único virgen en esa mesa), poco vinagre de jerez, pimienta negra molida en el momento y aceto balsámico en crema con un apenas de kren mezclado. Le pediremos a Virginia, abusando de la buena voluntad de su amiga Bárbara, que nos traiga el famoso escabeche que ella conoce bien. No faltará la ensalada caprese con mozzarela di buffala y tomates de Barbastro. Estos tomates son pura pulpa, pesados, la piel es muy fina y se llega a su interior sin mucho trabajo. Incitan a pensar en poesía. Los segundos platos serán territorio exclusivo del gordo. Habrá vino Tannat roble reserva 2012. Está tan cargado de taninos (400% más que cualquier otro tinto) que es opaco en copa, casi no pasa la luz, característica ideal para estos comensales que manejan la transparencia, la realidad en forma rapsódica, caprichosa, a veces oscura, impenetrable para los de afuera muchas veces.

A todos les gusta la variedad del menú, también a Mme. Bobary que ha asistido a banquetes muy elegantes. Estoy excitado por el grupo de comensales que logré reunir. Veremos cómo se desarrolla la reunión. Recién comenzamos, hay un poco de tirantez aún, veo que empieza a aflojar. Unos son conscientes de dónde están, otros, se sienten separados de la realidad, aunque sus sentimientos sean bien terrenales. Los ubiqué así: en un lado de la mesa están Dolores y Emma, enfrente Juan y el gordo (cerca de mí para manejar comida y bebida), en una cabecera senté a Virginia, en la otra, yo, el anfitrión. Sé que esta disposición funcionará bien. Cuando terminemos les contaré cómo se desarrolló mi cena de Nochebuena.

* En 1969 hice fotografías (en mi estilo) de Onetti. Al ver las muestras, se sintió tan deprimido que estuvo dos días tumbado sin salir de su cama (aunque no perdió la sed…). Iniciaba así una actitud que se volvió una constante hacia sus últimos años de vida.

** Protagonista de la novela “Dicen los síntomas”, Bárbara Blasco 2020. Ed. Tusquets.

*** “Dog-fight” es un combate aéreo entre dos cazas. James Salter piloteó aviones de combate en la guerra de Corea, llegó a derribar un avión MIG-15 “Fagot” de Corea del Norte, sólo un F-86 “Sabre” como el que él pilotaba podía ser un contrincante válido. 

**** Es un personaje de mi relato “Las vías del tren”, 2020. Ver en el blog (pinchar): https://saberesbueno.wordpress.com/2020/12/31/las-vias-del-tren-version-original/

Valencia, 24 de diciembre de 2020.

Las vías del tren (versión original)

Siempre me gustaron los autos. No pude llegar al BMW 330i coupé, ¡qué goma! Entonces me decidí por un coche de colección, nada de autos comunes. Al menos me verán como un excéntrico y no como el desgraciado que dio el braguetazo con la hija del estanciero. Un Fiat 600 restaurado es ideal, ágil en ciudad, chiquito para estacionar, gasta poco, fácil de reparar; el querido fitito que usó tanta gente. Es llamativo y a la vez accesible para el bolsillo de un empleado de barraca de frutos del país como yo, aunque el dueño sea mi suegro. Me decidí por el 600R que se armó hasta 1978. Aún lleva el motor de 767cc derivado de la serie original de 1955. Al principio me tenían cansado con lo de que un gordito como yo se sentiría apretado en esa miniatura. No me resulta incómodo, cuando salgo con mi mujer somos sólo ella, que es menuda, y yo. Usamos el asiento de atrás para llevar cosas. Me gusta que la gente nos mire; no hay 600 tan llamativo como el mío. Creo que le importan más los autos que yo. Al 600 lo terminó de restaurar él mismo, no quiero pensar el tiempo que le llevó y ni la guita que tiró. Con menos se habría comprado un Golf cero ka. Ahora se consiguió un MG TC del 48 que parece chatarra; dice que cuando lo termine valdrá una fortuna. Él allá con sus cosas, yo con las mías. El fitito me importa un bledo, si tengo que hacer viajes largos le pido la Hilux a papá; total tiene tres: una para él, otra en el campo y la de la barraca. Además, cuando va a la estancia no las usa, prefiere volar con la Cessna. Nunca supe por qué terminamos así, cómo me enganchó. Seguramente fue por su personalidad avasalladora. Me resultaba admirable; lo organizaba todo, yo casi no tenía ni que pensar. Apreciaba su carácter, era como el de un administrador de estancia capaz de manejar 20 gauchos con más autoridad y soltura que una maestra un grupo de niños pequeños. Tenía todo calculado al minuto: dos horas de intimidad, de inconmensurable placer, un café en un lugar discreto para contarnos las novedades de los días recientes. Yo me sentía fascinado, una amante espectacular y, a la vez, un ser sagaz cuya inteligencia y astucia eran ilimitadas. Hace pocos días terminé el perfume Azzaro que venía usando desde tiempo atrás. Opté por un cambio, estoy estrenando el Givenchy Insensè Ultramarine, más fresco, con reminiscencias marinas, más veraniego. No me había pasado antes con ella, hoy noto su perfume. Le pregunté qué usaba. Mirá que sos tonto, uso el mismo Azzaro que vos. ¡Ay mi tontito, mi mino divino!, estabas acostumbrado a esa fragancia y no te dabas cuenta. Me da veinte vueltas, se las sabe todas, de ahora en adelante tendré que usar el mismo Insensé que vos y verás como no te llamará la atención cómo huelo. Me gustás así, no te despabiles mucho, sos adorable. Siempre tiene todo bajo control. Un día se quedó a pasar la noche conmigo, el gordo había ido a revisar unos lotes de lana en Tacuarembó. Me hizo levantar bien temprano para llevarla de vuelta a su casa. Bajó una cuadra antes en una feria del barrio. Llevaba dos bolsas de tela grandes, me extrañó. ¿No te das cuenta que no puedo llegar al edificio así como así en la mañana de un día cualquiera? Si los vecinos me ven volver con bolsas de feria llenas de frutas y verduras sabrán que fui temprano para conseguir lo mejor. No me gusta que me considere su mino pero me maravillaba su personalidad apabullante, su creatividad ilimitada.

A pesar de que es la mañana de Nochebuena no hay casi tránsito por estas zonas rurales. El 600 anda como un reloj suizo, ¡qué redondo que suena el motorcito! La pintura rojo Burdeos le da clase, por eso lo miran tanto. El resto me quedó de fábrica, tengo todo al repelo. Está nublado y la temperatura sigue agradable, llevo las ventanillas bajas. Con el brazo izquierdo afuera manejo más cómodo. Voy a lo de Eleuterio Santos Camejo, qué nombres raros usan en campaña. Le pedí hace unos días un lechón mamón de hasta 7 k y un cordero de leche. Los voy a asar muy lentamente a la brasa de coronilla. Por suerte el viejo acopió bastante leña en el parrillero; si no usás coronilla el asado no tiene gusto, no es uruguayo. Los porteños nunca podrán igualarnos en la parrilla; son unos boludos, usan carbón. Empezaré temprano pues el lechón me va a llevar 6 horas si lo quiero hacer bien; ahí se ve al buen asador. Con tal de chupar y morfar de arriba vendrán parientes y amigos a roletes. Por si les pareciera poco el lechón y el cordero, tengo pensado meter en la parrilla unas tiras de asado de novillo, vacío y pulpón de prima que me consiguió el vasco Inzalrraude; chorizos de rueda y comunes de La Constancia, salchichas parrilleras, cantimpalo, morcillas dulces de piñones con pasas y naranja de Kali; morcillas saladas, hígado y seso a la tela, chinchulines, chotos, pamplonas de pollo de La Florida, ubre, riñones, papas y boniatos al plomo, y morrones rojos. Tengo un bollón de putapariós verdes en vinagre para los valientes. La vieja hará las ensaladas con de todo, tendremos unas entraditas para el copetín incluyendo los famosos huevos rellenos que hace mi mujer. Tampoco pasarán sed, yo mismo fui a buscar con el fitito varias cajas de tannat del bueno a la bodega de los bigotudos, los Pisano. Es que festejamos Navidad en el quincho de mis suegros en Carrasco. Mi yerno se piensa que no me doy cuenta de las cosas. Está bien, fue mi hija la que se casó y me importa un carajo que no tenga nada. Hay más que suficiente para todos incluyendo al boludo de mi otro hijo, el menor que las va de intelectual y se fue a vivir a San Francisco. Parece que el campo le da vergüenza, pero bien que le gusta recibir unos buenos miles de dólares todos los meses. Mi hija es diferente, es ella la que lleva los güevos que le faltan al otro. En fin, así lo ha querido el destino y yo no los voy a cambiar. Cuando lo conocí era rellenito, todavía no le decíamos el gordo, pero ahora se pasa de comilona en comilona con sus correspondientes chupindangas, un día va a reventar. Sólo le importan los autos y comer. Es buen loco igual, pero no me explico cómo mi hija, una verdadera hija de puta por su brillantez, se fue a clavar con él. Está bien, que cada uno haga de su culo un pito, es mi hija y siempre será mi hija. Ya es grandecita y sabrá lo que hace. El viejo es un tirano, pero cuando chupa, y se chupa todo, empieza con Royal Salute y termina con caña con butiá, me cae bien. Sé que me aprecia porque no me mando la parte de nunca visto; soy medio rural como él. Me gusta ir lo de Santos Camejo; me invita con vermut y aprovecho para chamuyarme a su hija Rosa Inmaculada. Ojalá el Eleuterio no sé dé cuenta de que le estoy arrastrando el ala, la chinita está divina. En visitas anteriores me percaté de que me jalbeaba de cotelete para que el jovie no lo notara. Un día haré que voy a inspeccionar unos lotes de lana por la zona de Polanco, un poco más allá del Tala y, como quien no quiere la cosa pararé en el almacén y bar de don Eleuterio. Me iré con la Hilux doble cabina de la barraca. La invitaré a que me acompañe y … ¿quién te dice que me la pueda voltear por algún monte? Vale la pena, la chinita está que rompe las piedras. El almacén queda a unos 90 km, en zona de cuchillas pasando el Tala. No hay carreteras, son caminos rurales buenos. Las vías se cruzan por pasos a nivel sin barreras, sólo un boludo tendría problemas, ya casi no corren trenes.

Fijate que entre que sale de la ciudad y empieza a recorrer los caminos para llegar a lo de Santos Camejo, cuidando al puto 600 como si fuera de cristal, no pasará de los 70 u 80 kph. Volverá por la una de la tarde. Podemos relajarnos mucho mi mino, mi divino. Nunca me gustó que me llamara su mino pero la pasaba bien y achicaba mi soledad. Claro, ser mino no es una relación de pareja como yo la entendía. Sé que la mayoría de los hombres se agencian alguna mujer como mina, siento que me está pasando eso a la inversa. Sos un aburrido ¡despertate de una vez! ¿Por qué todo tiene que ser tan profundo, tan transcendental? No le busques pelos al huevo. La pasamos de maravilla así, no lo estropees con sentimientos utópicos. Los amores de los que me hablás son inasibles, lo verdadero es gozar todo lo que se pueda mientras se pueda. Nunca sabía qué contestarle, seguro que tenía razón, buscaba un no sé qué en mi corazón distante, vacío pero lleno de luminosas ilusiones quizás inalcanzables, mientras, me perdía lo bueno que estaba allí, al alcance de la mano y de otras partes de mi cuerpo. Minas, minos, tontos; qué paradoja, los siento como términos intercambiables. Probablemente, las dos primeras especies sacarán su tajada, los últimos no, si no dejarían de serlo. ¡Cómo rompe el celular! No voy a contestar, ni siquiera lo miraré. Hoy pasamos de película, de éxtasis en éxtasis. Mi mino está tan bueno que se parte. Además, no toma alcohol ni fuma, así de simple. Qué bueno, no tengo que contrarrestar olores sospechosos. Por eso uso permanentemente el Azzaro; cambiaré esta semana por el Givenchy. Otra vez el puto celular, no para más; sigue y sigue sonando. Lo apagaré, puedo decir que lo olvidé en el gimnasio. Al vernos temprano en esa mañana nublada y no muy calurosa de diciembre habíamos tomado un café con charla como tantas otras veces. Luego, al estar ya solos nos envolvimos en fogosos abrazos que casi dolían, nos dimos besos interminables como si el fin del mundo estuviera al acecho. Hoy lleva ropa de gimnasia, así parecerá normal que tenga el cabello mojado cuando vuelva, es una crack. Al irnos nos besamos con complicidad, abrazos tiernos, los de despedida, el hasta la próxima con el acostumbrado: “me llamás, ¿no?”  Nos volvimos a juntar antes de fin de año. Ella no quiso hacer el amor, nos quedamos en el bar, algo que no había sucedido nunca, era muy raro. Pero es que no tengo ganas; no, no, no … no es que no te desee, no estoy de humor para eso. No te conté aún que las llamadas que no atendí en la mañana de Nochebuena habían sido para informarme que un tren había embestido al 600. El gordo murió instantáneamente. Su idolatrado autito quedó como una lata de sardinas aplastada; los bomberos sacaron trozos del lechón y el cordero junto a los restos de él. Andá imaginándolo y me entenderás, ¿verdad? Le di unos muy prolongados, quizá afectivos, pero poco apretados abrazos. No eran de amante, eran de condolencia. Nos dimos cortos besos suaves, estaban aún húmedos. 

Nunca más me llamó, tampoco la busqué.

Adendum: Glosario para “Las vías del tren”:

Fitito: apodo del Fiat 600 en Argentina y Uruguay

Guita: dinero, equivalente a pasta en España

Mino: masculino de mina (amante, mujer), no se usa, es una invención literaria mía

Repelo: superlativo de correcto

Coronilla: árbol autóctono de Uruguay, no muy alto, se da en las riberas de ríos y arroyos. Es la madera que produce las brasas para el sabor típico uruguayo de la parrillada

Porteños: habitantes de Buenos Aires

Chupar: beber

Morfar: comer

A roletes: superlativo de mucho

Vacío, pulpón: cortes de carne vacuna en Uruguay que junto al asado (costillar) forman la parrilla típica del país

Chinchulines, chotos: intestino vacuno y ovino respectivamente. Los chotos son sólo uruguayos

Pamplona: carne porcina o pollo arrollada en tela de cerdo fuertemente adobado

Putaparió: chile picante alargado llamado también ají catalán

Tannat: cepa de la región de Madiran, región vasca de Francia que es emblemática del Uruguay desde el XIX

Güevos: cojones

Chupindanga: beberaje o salir de copas con algo de comer (no equivale a botellón)

Butiá: palmera autóctona de Uruguay cuyo fruto del mismo nombre se macera en caña

Rural: cuando es referido a una persona u objeto se quiere dar a entender que es rústico

Chamuyar: conversar con una intención, normalmente en forma discreta

Arrastrar el ala: seducir

Chinita: chica morena típica del interior de Uruguay o el litoral argentino con evidente herencia genética indígena (guaraní principalmente, definitivamente no del altiplano)

Jalbear: mirar con disimulo, mirar con intención

Cotelete: de costado

Jovie: viejo

Voltearse (a alguien): hacerle el amor

Buscarle pelos al huevo: buscar cosas inexistentes, imposibles

Rompe: molesta

Que se parte: superlativo de buena (generalmente de una mujer o “mina”)

Otros 2 divertimentos de verano

Tres – Las vías del tren

Tenían un Suzuki Alto; casi un micro-car. Pequeño, ágil, económico, ideal para una pareja joven. Él era gordo y corpulento pero se sentía cómodo, nunca viajaban más que ellos dos. Lo que tuvieran que llevar lo cargaban en el asiento trasero.

Era la mañana de nochebuena. Ella lo tenía calculado: se vería con su amante. Serían dos horas de intimidad, de inconmensurable placer mientras su esposo, el gordo, estaba afuera. Ella llegaría a la casa antes que él. El gordo conducía el Suzuki en dirección al campo esa mañana. Iba a buscar un lechón y un cordero que asaría a la noche para la festejar la Navidad con la familia. La granja quedaba a unos 80 km, en plena zona rural. Estaba atravesada por vías de tren, sólo se podían cruzar por pasos a nivel sin barreras.

Ella recibió una llamada en su móvil, no contestó. Luego otra, y otra, y otra. Tampoco lo hizo. Decidió desconectarlo. No quería interrumpir su inconmensurable placer. Llegaron luego los besos de despedida, los abrazos donde se fundía uno en el otro. Flotó en el aire: “Hasta la próxima, como siempre; me llamas, ¿verdad?”

Se encontraron antes de fin de año, ella no quiso hacer el amor. A él le llamó la atención. Le contó que las llamadas que no había contestado en la mañana de Nochebuena eran para avisarle que un tren había embestido al Suzuki. El gordo murió instantáneamente. El coche quedó como una lata de sardinas aplastada; los bomberos sacaron los restos mutilados de su esposo mezclados con trozos del lechón y del cordero que traía. Los besos fueron largos, muy húmedos. Los abrazos, inmóviles, apretados, casi de condolencia.

No volvieron a llamarse.

Paso a nivel sin barrera

Cuatro – El ser humano prevalece

La solución final

No me gusta conducir en verano, me siento perturbado por los insectos que se estrellan contra el parabrisas. Mueren en el acto. El parabrisas es duro, como la vida, no perdona. Uso líquido lavaparabrisas; es conciencia líquida, limpia. El olor de la muerte insectal queda flotando un rato hasta que el amoníaco y el perfume a limón del Sonax Scheiben Reiniger (fabricación alemana, especialistas en eliminar olores a muerte) surge del depósito para aportar la solución final a los insectos (die Endlösung der Insektenfrage).

El hombre es duro; como el vidrio del parabrisas, como los focos delanteros, como el parachoques, como todas aquellas partes que no están en el flujo laminar del aire al circular a alta velocidad. Gracias a eso algunos insectos evitan el choque; igual impactarán en el coche que sigue o en el otro, o en los otros.

Atención: la temperatura del motor sube; los insectos también se estrellaron contra el radiador. Debes apagar la climatización para que el motor opere más aliviado y puedas llegar a una estación de servicio. Con las ventanillas bajas y el ruido que se produce no puedes oír música ni, por suerte, la tonta conversación de tu acompañante.

Las puertas del paraíso

En la estación de servicio le das un manguerazo a presión al radiador, los cadáveres de los insectos incrustados desaparecen. Le sonríes triunfalmente a tu compañera de viaje; el ser humano y su ingenio prevalecen. Conduces tranquilo; tienes buen flujo de aire para enfriar los radiadores. Llevas la refrigeración conectada y escuchas música, ahora alucinantemente fuerte para que tu pasajera no pueda hablar. El motel está cerca, ella es deseable. Ruegas que no hable. Ahora no te importa conducir en verano.

El hombre es implacable con lo que no le sirve. Por eso prevalece. Ya casi llegas al motel.

Prohibido para tímidos

Valencia, 21 de julio de 2020.

Dos divertimentos de verano

UnoLa terminal de autobuses

Terminal de ONDA en la plaza Libertad de Montevideo

Sucedía todos los viernes al atardecer. Él la llevaba hasta la terminal a coger el autobús con el que ella viajaba a un pueblo a 300 km, iba a ver su prometido. Al partir, ella le mandaba besitos desde su boca tocada por la mano que también hacía adiós. Él respondía de la misma manera. El domingo a la noche la recogía a su vuelta del pueblo en esa misma terminal.

Pasaban bien la semana; se veían a diario. Salían a comer, a cenar, bebían sin prejuicios y con alegría, charlaban animadamente y sin interrupción, se amaban como si no hubiera un mañana. Él la acompañaba a comprarse ropa; ella le elegía zapatos y camisas, también le daba instrucciones sobre qué corte de pelo le quedaría mejor. Él transmitía esas sugerencias a su peluquero.

El ritual proseguía semana a semana. Él se preguntaba qué era aquello. Un día ella le planteó exactamente eso.

—Pensaba lo mismo —señaló él—, déjame madurar el tema.

Y se repitieron los viernes y los domingos. Un viernes ella mostró una expresión ausente; a él le pareció que se despedía de otra manera. Se mandaron besitos con las manos a través de la ventanilla. Ese domingo, el autobús de siempre no la trajo de vuelta del pueblo.

Él no la llamó. Ella tampoco.

Dos – Estoy en la franja de vulnerabilidad

Vida y café

Nos vemos un promedio de cuatro días por semana.

No puedo evitar sus ojos de mirada ingenua y noble, suplicantes pero profundos. Los encuentro inundados, desbordados por un tinte de oro viejo, insólito y atrayente.

Desparrama sonrisas melancólicas. Yo las recojo todas; no hay desperdicio.

Me pregunta qué quiero. Me pregunta cómo lo quiero. Sabe que será como siempre. Así de amable es ella.

Sólo puedo llegar a dos por día. Reconozco que alguna vez me excedí, me atreví con tres no hace mucho.

Le gusta conversar en estas circunstancias; yo, sin embargo, soy más bien silencioso.

“… [aproximadamente] 70% de los americanos que llegan a 65 años necesitarán eventualmente ayuda en por lo menos dos de sus actividades cotidianas tales como lavarse o vestirse … De ellos un 16% sufrirán demencia [senil].” (The Economist – International section-  julio 25 de 2020)

La pandemia se ha vuelto en mi contra; me coloca en la franja de los vulnerables. Yo no lo deseo. No puedo evitarlo, algunas veces uso mi bici para disimular. Hay otros factores que agravan aún más la situación:

El hábito no hace el monje

Mi corazón comienza a flojear; siento que se despedaza cada vez que nos vemos. Mi tensión sube inexorablemente después del segundo. Aún así me atengo a lo clásico; ella también lo sabe: no me gusta el descafeinado.

Me pregunto si no estaré dentro del 16% que sufre demencia.

Valencia, 16 de agosto de 2020.

La Parroquia de San Nicolás

Reviviendo a plazos – (Diario de desreclusión V)

V – La parroquia de San Nicolás

El estrecho callejón me era familiar, lleva a la entrada lateral de la parroquia de San Nicolás de Bari y San Pedro Mártir. Podía ver al fondo del corto recorrido la entrada al templo. Como muchas construcciones de esta Ciutat Vella, San Nicolás, como se le nombra corrientemente, suma siglos de historia. En el mismo predio hubo un templo pagano, también un cementerio romano (era entonces extramurs). La reconquista de Balansiya (Valencia para los moriscos) por Jaume I el rey cristiano, fue en 1238. La actual parroquia se empieza a construir en 1248. Con el pasar de los siglos fue ganando ampliaciones y reformas.  Se redecora en el siglo XVII, plena apoteosis y excesos del barroco. Antes de que apareciera la cosa, así me gusta nombrar al Covid-19 y la última de las varias pestes de las que este templo fue testigo, solía ver largas colas de turistas agolpados para comprar entradas y visitar la llamada Capilla Sixtina valenciana, la parroquia de San Nicolás.

San nicolas entrada lateral

Aprovecho estos días de desreclusión para caminar por la ciudad. En mis recorridos paso por el Carrer dels Cavallers (calle de Caballeros) casi siempre. Esta vez voy desde la Plaça del Tossal, donde termina el Carrer de Baix, hacia el palacio de la Generalitat. Llama mi atención un cartel al comienzo del callejón de entrada a la parroquia anunciando: “Suspendidas las visitas turísticas”; muestra además unos horarios para la misa y otros para orar. La recordaba por la visita en plan turista que hice 2017. Había quedado tan sorprendido que me llevó un tiempo poder volver a subir mi mandíbula inferior, caída por el shock que me produjo aquella bofetada de belleza sin recato. Hace dos años y medio que vivo a cinco manzanas de allí y no había vuelto a visitarla. Las largas colas de turistas me llevaban a pensar que podía pasar en otro momento; al tenerla tan cerca me decía: “pero si está allí, casi al lado; puedo volver cuando quiera”. Pero no volví, fui postergando nuevas visitas.San NIcolas vitral

Detengo mi caminata al llegar al callejón. Quedo parado observando el cartel, el portero me dice: “la misa concluyó ya pero aún puede pasar a orar si lo desea; no se saque la mascarilla y use el gel desinfectante antes”. Ahh, no se me había ocurrido. Orar; interesante. Para un agnóstico no practicante como yo orar es reflexionar, quizá centrarse en uno mismo. La paz y el silencio inundaban el lugar, un incentivo adicional. San Nicolás es una manifestación de tal belleza que me pregunto si no será ya lujuria, en este caso de carácter visual. No había iluminación artificial alguna, sólo la natural que se filtraba por ventanas y vitrales. Una atmósfera aún más sugerente.San Nicolas organo

Entré pausadamente. La parroquia estaba vacía excepto por dos mujeres ubicadas en un mismo banco; una joven arrodillada y otra mayor sentada, casi inmóvil. Debo confesar (!) que carezco de educación religiosa. Veía en las visitas turísticas a otras iglesias que el público, mayormente, hacía la señal de la cruz al pasar por el eje del altar. Yo quería instalarme al otro lado de la entrada, donde no había nadie, por lo que debía atravesar la iglesia. Tomé coraje y crucé el pasillo del altar practicando dubitativamente, una persignación tímida y disimulada. Recordaba los movimientos de las películas, pude repetirlos. Crucé el altar orgulloso de mi persignación sin que el portero ni las feligresas sospecharan que mi propósito final era el de un turista.San Nicolas vista general cupula (3)

Me senté con las manos entrelazadas, mi vista dirigida al cielo (cielorraso o bóveda en este caso). Admiraba la infinita belleza de los frescos exuberantes, de un barroquismo desenfrenado. Entraba luz natural, no era ni poca ni mucha, la justa. El aire quieto del silencio, la posibilidad de oírse a uno mismo aún sin hablar, me llevaron a zambullirme en mí mismo mientras admiraba las obras de Antonio Palomino, Dionís Vidal, los más de 2000 m2 de frescos, el barroquísimo altar principal. Todo inmaculado, perfecto, impecable; todo gracias a la cuidada restauración que hizo la Universidad Politécnica de Valencia bajo la asesoría del Gianluigi Calalucci (director de la restauración de la Capilla Sixtina del Vaticano).San NIcolas altar2

Salieron las mujeres. Quedé solo debajo de la apabullante bóveda y rodeado por las capillas inundadas de destellos dorados que emanaban de su belleza casi asfixiante. Estuve una media hora; imagino que orar requiere más. Igualmente me hizo bien, me dieron ganas de volver. No me sentí intimidado como en las grandes catedrales con ambientes solemnes; aquí todo era como cotidiano y sublime, familiar y monumental, enorme y pequeño, amable y desafiante, posible y remoto, asible y etéreo, de dimensión sobrehumana y también vecinal. Y cómo no iba a ser así; queda a sólo cinco manzanas de mi casa.

Valencia, 23 de mayo de 2020.

Reviviendo a plazos: “La parroquia de San Nicolás” Cuota Nº 5 (costo € 0.00, no se recolectó dinero a los que oramos pues la misa ya había terminado)

Códigos incompatibles

 

(Nota: el texto que sigue es un pequeño presente que escribí para el cumpleaños de mis hijas mellizas Eloísa Fernanda y Samantha Deborah. En el me enfoco a sus segundos nombres que creo hermosos y raramente usamos) 


“Códigos incompatibles”

Estaba visto, no nos íbamos a entender. Ella venía de la aviación y yo del comercio internacional. Ella usaba el código aeronáutico:

Alfa Bravo Charlie Delta Eco Foxtrot Golf Hotel India Juliet Kilo Lima Mike November Oscar Papa Quebec Romeo Sierra Tango Uniform Victor Whisky Xray Yankee Zulu.

Mi código era el que se usaba para transmitir telegramas por teléfono a ITT, Cable & Wireless, Western Union, Italcable. Usaba nombres de mujer en su casi totalidad:

Alicia Beatriz Carolina Dorotea Eva Florencia Graciela Hombre Inés Juana Kilo Lucrecia María Natalia Ofelia Patricia Quilómetro Rosa Sara Teresa Úrsula Virginia Washington Xilofón Yolanda Zapato.

Así que si ella me quería decir te amo era: Tango Eco Alfa Mike Oscar. Nada romántico, además ya empezaba a sentir celos con eso de Mike y Oscar. Yo también tuve problemas al decir te amo: Teresa Eva Alicia María Ofelia. Demasiadas mujeres involucradas para expresárselo a otra mujer.

Bentleys codeA principios de los años 60, en el comercio internacional sólo podíamos comunicarnos por carta, de aquellas con sobre y estampilla, o por telegrama. El teléfono no era confiable y resultaba caro y problemático dada la diferencia horaria. Por otro lado, si no se contactaba con alguien de habla inglesa o española resultaba imposible tener certeza de nada. El fax era aún un sueño de ciencia ficción. Para ahorrar usábamos libros de códigos con frases usuales en transacciones de exportación o importación. Era una especie de shorthand con palabras de 5 o más letras para ahorrar, las compañías cobraban por palabra. Así si un barco cablegrafiaba ENBET quería decir “el capitán está loco”.  Alguien trabajando con algodón podía enviar INSANE y quien lo recibía sabía que “consultaba por el precio libre a bordo y con flete del algodón para despachar por vapor partiendo esta semana”. También se echaba a mano de ellos en temas personales como COGNOSCO: “esta noche ceno fuera, manda mi ropa de vestir aquí”.  Los membretes de la correspondencia internacional de una firma siempre agregaban la dirección telegráfica y los códigos de interpretación de cables que usaban. Por ejemplo, una firma que llamaremos Inzaurralde Hnos. y Asociados. S.C. podría tener a INZOSA (INZaurralde HermanOS y Asociados) como su dirección cablegráfica y especificaba además los códigos de comercio que utilizaba: Acme Code, ABC Code, o mi favorito, el Bentley’s Second Phrase Code. También se hacía referencia a qué edición, por ejemplo: ABC Code 2nd Edition.


En la aviación todo era, y es, más liviano. Se empleaban para las comunicaciones de radio aire-tierra o tierra-aire (muy ruidosas por ser de modulación de amplitud), en las teletipo y en las llamadas telefónicas. Se conversaba rápido y corto aclarando nombres, matrículas de aviones y situaciones operacionales siempre a través del código aeronáutico. Así se evitaban confusiones; el interlocutor iba apuntando sólo las iniciales al hablar o mirar la terminal de teletipo para obtener el mensaje.

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Eloísa Fernanda con su hijo Gervasio hace 20 años

La vida prosiguió. Experimentamos a juntar los códigos, nacieron nuestras niñas. Para ella, una era Delta Eco Bravo Oscar Romeo Alfa Hotel, la otra Foxtrot Eco Romeo November Alfa November Delta Alfa. Me gustaba ese comienzo de Delta Eco Bravo, sentía que le daba el apoyo de tres puntos repetido por el eco más el coraje y la fuerza de ser Alfa, ser primera. No me gustaba lo de Oscar, ¿qué tenía que ver alguien de este nombre con nuestra hija? Por otro lado, me llamaba la atención lo de Romeo Alfa, quizá invertido no me disgustaba, admiraba esos coches. Hotel al final sería por su trabajo en turismo. En cuanto a la otra percibía ritmo y música con Foxtrot y reafirmado con eco. Había un Romeo pero estaba muy distanciado de los Alfa así que no sé si lograría materializarse en ese coche tan deseado. Quizá fuera más una evocación al romanticismo, al juvenil enamorado de Verona. Noviembre repetido me cae bien, es un lindo mes en plena primavera austral mientras que Delta siempre lo veía con confianza, algo que se apoya en tres puntos, que es estable. Alfa vuelve a dar fuerza, es siempre primero.

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Samantha Deborah, foto reciente

Yo las tenía así: una la identificaba como Dorotea Eva Beatriz Ofelia Rosa Alicia Hombre y la otra era Florencia Eva Rosa Natalia Alicia Natalia Dorotea Alicia. La primera comenzaba con Dorotea, un homenaje a mi abuela por parte de madre y la que sería su bisabuela. Seguía con Eva haciendo referencia a todas las mujeres. Beatriz me traslada al gran amor de Dante idealizada en la Divina Comedia. Ofelia es un personaje trágico en Hamlet, no termina bien pero es de especial trascendencia en la literatura. Si prefiero guiarme por el significado original griego es “la que socorre a los demás”. Luego Rosa; sugiere perfume, belleza, colores, es símbolo de amor y felicidad. Pero una mente sin curiosidad resultaría aburrida y entonces Alicia le hace conocer su mundo de maravillas. En cuanto a Hombre no deja de agregar un elemento importante para el futuro ya sea como especie en su acepción genérica o como varón. La otra empieza con Florencia o sea “bella como una flor”. También apela a todas las mujeres con Eva. Va junto a Rosa, el símbolo de hermosura desde tiempos babilónicos. Con Natalia, y repetido, que procede del latín natalis dies y es por el nacimiento de Jesucristo espero que esté bien protegida aún sin ser practicante religiosa. También tendrá acceso a la fantasía y la magia de la Alicia de Lewis Carroll pero si nos remontamos a sus raíces griegas será: “verdad”.

Todo puede parecer muy hermoso pero vivir por códigos nos lleva a una existencia abreviada, simplificada, estresante también. De los dos códigos veremos que sólo compartíamos Kilo. Es difícil mantener una vida sólo basada en quilos. Ni ella ni yo queríamos eso, jamás ganaríamos ni uno, nos jugábamos todo a eso. Así nos mantuvimos. Ella ni siquiera subió un mísero quilo con el embarazo, sólo el peso de las bebés, los líquidos y lo que la naturaleza crea para que ellas se desarrollen en la “bodega” (en esto coincidíamos, tanto por la de los aviones como, para mí, los depósitos de mercancías) de la mamá.

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Así por los siguientes 49 años!

Acontece que si no hay compatibilidad de códigos se hace difícil lograr el entendimiento. El tiempo enseña que para volar tenemos que volar. Para el intercambio hay que intercambiar. En otras palabras, para vivir es necesario vivir. Sólo lo lograremos con la emoción de la alegría. Y así ha sido.

Foxtrot Eco Lima India Zulu Charlie Uniform Mike Papa Lima Eco en código de la aviación o, en telegrama de comercio, Federica Eva Lucrecia Inés Zapato Carolina Úrsula María Patricia Lucrecia Eva a Samantha Deborah y Eloísa Fernanda en el día de su 49º cumpleaños.

Vuestro papi!

Valencia, 14 de agosto de 2020.

22 de noviembre de 1963

22 de noviembre, 1963. Estoy en Waltham, Massachusetts, EE.UU.

Los 22 de noviembre me traen recuerdos muy intensos. Siempre he querido contarlos.
Aquí estoy con mis instrumentos favoritos de escritura: papel cuadriculado a 0.5cm y un lápiz mecánico Staedtler con grafo HB de 0.5mm coronado por una generosa y estupenda goma blanda y rojiza. Siento que puedo expresarme con más lealtad, colocar más palabras por hoja A4 con estos elementos. Tengo el anónimo e inexpresivo ordenador muy cerca pero solo lo usaré para pasar en limpio lo que el grafito haya dejado sobre el papel. La sensación de la punta gastándose al raspar la hoja mientras la voy girando para que sea más incisiva, el ruido sutil de mi lápiz raspando el papel, y la resistencia a mis trazos de cursiva tipo inglesa, aprendidos cuando comencé primaria en un cercano 1948, son como la vida: vencer cada nueva palabra con más esfuerzo para superarla y a su vez aprovechar la oportunidad para pensar. Como en la vida: vencer cada obstáculo que se nos cruza.

Pero me he quedado en el instrumento y se me olvida la música. Ese 22 de noviembre de 1963 no era un día de pleno sol en Waltham, Massachussetts, EE.UU. donde tenía mi residencia. Estaba nublado aunque solo levemente. Había mucha resolana. Era alumno becado por Brandeis University e invitado de Harvard University. Quedaba Harvard en el pueblo vecino de Cambridge, Mass, todos suburbios de Boston. Necesitaba mi licencia de conducir; allá es como un DNI o una cédula de identidad para decirlo a la uruguaya. Conseguí que una pareja de compañeros de Brandeis me acompañara con su Chevrolet Belair ’55 azul Larkspur serie 150 (el modelo más básico y espartano, sin adornos con gomas negras en el parabrisas y luneta, motor V8 Small Block con cambio manual, neumáticos de paredes negras con tapacubos pequeños, alfombra de goma negra) un vehículo ya de culto a pesar de que apenas tenía 7 años. Teníamos cita para la mañana en el Motor Registry de la calle Main en el centro de Waltham. Ahí rendías el examen; nada de academias ni cursos previos. Ibas al Registry, contestabas preguntas orales sobre las señales de tránsito (tráfico aquí en España) y a conducir con un inspector a tu lado. Yo lo hacía muy bien, los coches manuales eran mi especialidad. “No problem with you, son” dijo en examinador. Me dieron la Driver’s license que tanto deseaba y salimos del Motor Registry de vuelta hacia la universidad de Brandeis. Tomamos la misma Main Street del Registry, la calle principal de Waltham. No conozco pueblo de EE.UU. sin una Main o una High Street. Eran las 12 y algo.

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That special grace!

Al salir vi que todo empezaba a transformarse. De pronto la ciudad había perdido sus colores. Ahora todo era de un monocromático sepia agrisado; lo único de color era el azul Larkspur del salpicadero y capot del Chevy. Manejaba mi amigo Steve, su dueño. Algo sucedió en mis oídos y a pesar de llevar las ventanillas abiertas en aquel noviembre de temperatura aún benigna, dejé de escuchar sonidos definidos. Solo había una especie de ruido blanco, un murmullo muy amortiguado que parecía venir de muy lejos, del más allá. Era el silencio del ruido que está y no escuchamos; lo salpicaba el suave run-run del perezoso V8 del Chevy. Parecía que la ciudad estuviera en cámara lenta, muy lenta, lentísima y sin embargo repleta de personas apresuradas yendo a ningún lado. ¿Qué estaba sucediendo?

John F. Kennedy, 35º presidente de EE.UU. había sido asesinado en ese mismo momento. Circulaba en un Lincoln Continental negro convertible junto a su esposa Jacqueline en una motorcade festiva en Dallas, Texas. Moría a las 12:30 del 22 de noviembre de 1963; el día que conseguí mi licencia de conducir americana. Me la habían entregado solo unos minutos antes.

JFKconjacquieEl corto viaje de vuelta a la universidad me pareció que duraba décadas a través de esa cámara ultra lenta en que se había transformado mi existencia. Como el Chevy era básico no tenía radio por lo que debimos preguntar a un desorientado transeúnte qué era lo que estaba pasando. Su información llegaba atrasada; dijo que le habían disparado al presidente Kennedy en la motorcade y que seguía vivo en un hospital de Dallas. Cuando llegamos al campus de Brandeis encontramos a nuestros compañeros completamente consternados. Había incertidumbre en lo significaba el magnicidio, en lo que podía suceder después. En la cafetería encontré a mi amigo Aaron Liberman, estudiante de Ciencias Políticas, mayor que yo. Estudiaba para un Master. Llevaba una barba casi bíblica y nunca le faltaba su kipá. Era miembro del Socialist Club de Brandeis. Siempre conversábamos de temas políticos; Brandeis hervía con esas discusiones; ni más ni menos que Herbert Marcuse era profesor en nuestra universidad. Aaron estaba desmoronado, se había caído desde la alta plataforma de sus creencias. Se torturaba preguntándose cómo podría proseguir la marcha hacia el socialismo en EE.UU. cuando había trascendido que el supuesto asesino era un ex-militante comunista, Lee H. Oswald, alguien que había residido en la URSS. Todo muy perjudicial para la causa que además endurecería a los reaccionarios. Años después de haber dejado Brandeis supe que Aaron era un abogado brillante e inmensamente rico en uno de los más cotizados bufetes de Nueva York. Como en la vida, seguro que venció muchos obstáculos. Chevy55

 

En cuanto a Steve y su novia, el magnicidio no parecía afectarlos más que lo urbanamente necesario. Con su Chevy azul Larkspur brillando en su total coolness, la pipa Briar de raíz de nogal y las chaquetas de Harris Tweed que siempre acompañaba con corbatas de seda (todos usábamos corbata excepto los del club socialista) no iba a cambiar de estilo por eso, como en la vida. Poco tiempo después nuestra amistad terminó bruscamente cuando no pude callar ni evitar el sarcasmo y la ironía que me dominan al expresar puntos de vista críticos respecto a ciertas realidades que notaba y sentía en esa sociedad tan dispar. Aún así, aqueyl Chevy 55 azul Larkspur serie 150 4 puertas con su V8 manual jamás podrá desvanecerse de mi memoria.

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Con Magda en 1963

Los 22 de noviembre son también el día del cumpleaños de mi primera noviecita de estudiante, la brasileña Magda quien probablemente esté disfrutando la vista de Ipanema y los morros cercanos mientras escucha a João Gilberto desde el cielo de Río. Ese 22 cayó en viernes, Magda podía visitarme en mi dorm. Ya estaba combinado días antes. Nos encontramos y le di mi regalo: un elegante paraguas para la lluvia y la nieve de Boston. Nuestro encuentro fue frío; muy lejano de tantos otros que habíamos tenido en mi cuarto de los dorms. No podíamos sustraernos de lo que significaba para nosotros como latinoamericanos el asesinato de JFK. Especialmente para Magda que cumplía sus 21 ese día, que venía de un país de poca estabilidad, el futuro no se le aparecía tan claro. Esa noche no escuchamos ni a Mozart, ni a Bach, ni a Villa-lobos, ni a João Gilberto, ni a Miles Davis; tampoco tomamos el clásico Bénédictine, licor que bebíamos para concentrarnos más en Desafinado, Samba de uma nota só, O pâto, Manhá de carnaval, la concertante de violín y viola de Mozart, el concierto de dos violines de Bach o su sexto Brandenburgués. Una velada sin música, sin licor, sin alegría, sin ilusiones, sin más allá. Solo nos tomábamos la mano como para no perdernos solos. Como en la vida, vencer lo que nos ocupaba la mente no era fácil. Todo aquello que amamos en extremo puede empezar a desvanecerse, gradualmente como si nos lo fueran quitando en pequeñísimas dosis con una jeringa. Nos sentíamos otra vez en América del Sur sin saber realmente dónde estábamos o a dónde íbamos si es que íbamos a alguna parte. Parecía que volvía el pasado.

Y eso fue a pesar de que poseía con orgullo aquella driver’s license gringa mientras sentía el calor de la mano blanca y refinada de Magda.

Valencia, 22 de noviembre de 2019.

Sefarad + Al-Ándalus

“Típico muchacho árabe” y “Típico muchacho judío”yofoto72antesmex

Era otro día gris, frío y lluvioso como sucede casi siempre en Colonia, Alemania. El Rhin de las leyendas es también el de las nieblas y la humedad. Una nueva visita a PHOTOKINA, la gran feria y exposición de la fotografía. El enorme predio de exposiciones Köln Messe, hoy reducido en superficie como también se redujo la icónica Photokina, facilitaba el traslado de los visitantes mediante el uso de autobuses y furgonetas de pasajeros ahorrando quilómetros de caminatas para llegar desde los primeros pabellones a los últimos. Los visitantes VIP (periodistas, comerciantes internacionales y representantes de firmas) teníamos derecho a viajar en esas combis que salían con precisión alemana cada 5 minutos. Dado el inclemente clima, los pocos visitantes que las abordábamos nos metíamos en esos vehículos lo antes posible.

En los días laborables la feria estaba libre de las grandes multitudes de fotógrafos aficionados; éstos venían sobre el fin de semana cuando se admitía al público en general. Al entrar en la combi veo que ya está sentado un señor de edad madura, vestido con un impecabilísimo traje de 3 piezas (por lo clásico debía ser un Saville Row) haciendo gala de una hermosa corbata de seda italiana en colores llamativos pero de absoluta y coordinada sobriedad. Si bien todos usábamos corbata, yo siempre llevaba un blazer negro o azul (un poco a la uruguaya!), algo que no era lo corriente allí dándome, por tanto, un aire menos formal, más juvenil. Como corresponde a la época mi cabello era muy abundante (hablo de fines de los 70 y principio de los 80), castaño oscuro como mis ojos, y lleno de rulos (sí, parecía una permanente de rulo grande… bueno, si conocen a mi hija la cantautora Samantha se darán cuenta de lo que quiero decir). Todos los visitantes VIP llevábamos pendiendo del cuello una tarjeta bastante grande con la identificación destacándose el nombre propio (aun no se usaban los odiosos códigos de barras). Quedamos solo nosotros en la furgoneta Mercedes-Hanomag. Tenía los asientos enfrentados así que nos saludamos y quedé frente a frente a este caballero de costoso traje; éramos los únicos usuarios de la furgoneta. Mi elegante acompañante de ojos profundamente oscuros, bigotes negros prolijamente recortados se fija en mi identificación y lee mi apellido en voz alta: “Navarro!” Enseguida muestra una gran sonrisa y me dice en excelente inglés: “Ahhh, Navarro! That’s a Spanish name! I saw a typical Arab young man in you and thought that you must come from an Arabian family. Of course I know … yes, yes!, all Spaniards are Arab!” (Ahhh, Navarro, ese es un apellido español! Vi en usted un típico joven árabe y pensé que tenía que venir de una familia árabe. Claro, yo sé que, sí, sí … todos los españoles son árabes!). Habíamos vuelto a Al-Ándalus! Hecho el clásico intercambio de tarjetas veo que era el representante de Nikon en Jeddah, Arabia Saudí. Pocos instantes después salió la furgoneta en dirección al pabellón 9 al otro lado del predio de la Köln Messe.moriscosgranada

Día por medio vuelvo a tomar la furgoneta para trasladarme desde el pabellón 1 al 9 como había hecho en la anterior ocasión. Quiero destacar algo del clima de Colonia y es que se presenta muy uniforme, siempre con pocos cambios, o sea que casi todos los días presenta cielos encapotados, frío penetrante, lluvia o llovizna implacable y esto sucede aun en setiembre (otoño alemán) cuando se realiza bianualmente la  Photokina (ver nota *). Repito lo que había hecho dos días atrás tratando de entrar cuanto antes a la combi Mercedes para resguardarme de la inclemente llovizna fría. Al subir me encuentro en el asiento opuesto al mío a un caballero maduro, ojos agrisados y un bigote también grisáceo, elegantemente vestido con un traje de Armani por su gracia mediterránea, hermosa corbata italiana de seda en colores complementarios a su atuendo, zapatos finísimos de un marrón claro brillante que remataban ese aspecto de ejecutivo banquero extremadamente cuidadoso en los mínimos detalles de su indumentaria. Nos saludamos y mientras esperamos la puntual salida de la furgoneta. Entonces mira la tarjeta de identificación que colgaba delante de mi corbata (reconozco que era algo llamativa -atraía las miradas- pues tenía dibujada la cara de Humprey Bogart; la usaba premeditadamente para que aquellos con quienes me entrevistaba no me olvidaran!) y pronuncia correctamente: “Navarro!” Me dice en perfecto inglés: “Ahhh, Navarro! That’s a Spanish name. I was observing you and thought: this young man looks like a typical Jew, surely that you must have Jewish ancestors. Of course, I know … no doubt, all Spaniards have Jewish origins! (Ahhh, Navarro! Ese es un nombre español. Le estaba observando y pensé que este joven luce como un típico judío, seguramente tienen ancestros judíos! Claro, yo sé … sin duda, todos los españoles tienen origen judío!). Y ahora estamos en Sefarad. Hecho el consabido intercambio de tarjetas antes de que arrancara la Mercedes-Hanomag, veo que es el representante de Canon en Tel Aviv, Israel!oznor

Escribo este breve relato en Valencia luego de haber leído un libro de Salvador Aldana titulado “Los judíos de Valencia: un mundo desvanecido” donde, casi en forma de catálogo, da una mirada a los judíos que habitaban Valencia y un análisis más general a los de toda Sefarad (ver**). Esta historia se sitúa tanto antes como después de la reconquista cristiana por el Reino de Aragón bajo Jaume I (para la ciudad de Valencia -Balansiya en árabe- fue en 1238. la primera piedra de la catedral fue colocada en 1292 en el lugar de la gran mezquina). La Aljama de Valencia, como se denomina a todas estas entidades que agrupaban con carácter jurídico a los judíos de los distintos asentamientos del Sefarad, quedó vacía luego de la derrota de los musulmanes. Por esto Jaume I hizo venir a judíos de otros lugares para repoblarla; esta operación no resultó ser del todo satisfactoria. Un hecho digno de recordar es el asalto y casi total destrucción de la Aljama valenciana en 1391 (solo 10 años después del comienzo de la construcción de la torre del Micalet) como consecuencia de una revuelta cristiana. Estos sangrientos desórdenes se dieron en casi toda la España cristiana por esa época. Como siempre eran instigadas por el clero sumado a los elementos de odio tal cual los malos políticos de hoy. Estas revueltas iban en contra de los intereses y deseos de los reyes cristianos pero no fueron capaces de detenerlas. Era justamente de las Aljamas donde estos reyes recibían más fondos por concepto de tributos e impuestos. La gran actividad comercial y financiera que tenía lugar en esas jurisdicciones producía esos fondos que los reyes cristianos tanto necesitaban para sus lujos y sus guerras. Miles de judíos, musulmanes y sus atacantes cristianos fueron asesinados en la brutal limpieza religiosa de 1391 (destaco que tampoco se salvaban los conversos o sean los cristianos nuevos en oposición a los cristianos viejos, aquellos que lo habían sido siempre)! En Hispania, Iberia, Sefarad, Al-Ándalus o España como la llamamos hoy vivían más de un millón de judíos. Tengamos en cuenta la población total de la época y veremos que el porcentaje era muy grande. El caso de Valencia no se mostraba así: el predominio de los musulmanes era bien notorio hasta la conquista de Jaume I. Recordemos que luego del decreto de expulsión de judíos y musulmanes de la reina Isabel La Católica de 1492 se calcula que dejaron España unas 160.000 personas. Solo del puerto de Valencia (está documentado!) salieron unos 10.000 judíos. En cuanto a los moriscos, ya se habían estado yendo con destino al norte de África desde que comenzó la reconquista cristiana en el siglo XI.

El mediterráneo ha sido escenario de enormes migraciones (lo sigue siendo) desde tiempos prehistóricos. El caso de Iberia, para distinguirla por su nombre más genérico, ha sido  colonizada, conquistada, invadida y mestizada por una gran cantidad de pueblos, mediterráneos primero y más tarde por los de otras partes de Europa (ver ***). Asimismo los llamados celtas-íberos, vascones y otros, etnias originarias resultan a su vez de mestizajes que se fueron produciendo desde tiempos muy remotos, quizá ya antes de los neandertales (homo neanderthalensis) del quienes todos aún tenemos algo en nuestro ADN (alrededor del 4% y más en ciertos casos), agreguemos los denisovanos, heidelbergensi y muchos otras sub-especies que se van descubriendo y ampliando el conocimiento en nuestros tiempos ayudados de las nuevas tecnologías.joantimonedagrabado

Por eso estos caballeros, elegantes comerciantes del siglo XX que visitaban la Photokina refiriéndose a mí como: “típico muchacho árabe” y “típico muchacho judío”,  viniendo de territorios en continua beligerancia no dejan de ser parientes muy cercanos (quizá por eso se pelean tanto…). Muestra como todos somos los mismos al fin y al cabo. Y como escribía mi querido valenciano Joan de Timoneda (1490?-1583? acólito catedralicio, impresor, editor, escritor, dramaturgo, poeta, zurrador de pieles, dueño de una lonja de libros) refiriéndose a sus relatos e historias “de apacibles y graciosos cuentos, dichos muy facetos y exemplos acutísimos para saberlos contar en esta buena vida”. Disfrutemos nuestra intrincada diversidad!!!

* La feria de PHOTOKINA siempre se hizo en años pares o sea cada dos años. A partir del 2020 será todos los años debido al acelerado ritmo de los avances tecnológicos.
** Sefarad se entiende como la península ibérica. Es un término que se empezó a usar luego de la expulsión de 1492 aunque hay una referencia bíblica en el libro del profeta Abdías: “Los deportados de Jerusalem que están en Sefarad, heredarán las ciudades del Neguev”. Es recién Jonathan ben Uriel en el siglo I DC que identifica a Iberia con Sefarad. Seguramente ya habían comunidades judías desde tiempos fenicios en las múltiples factorías que tenían en la costa mediterránea y naturalmente en las costas de la futura Hispania.
*** La península Ibérica es justamente uno de los lugares donde desde tiempos históricos han habido más invasiones y conquistas. Empecemos por fenicios, etruscos, cartagineses, sigamos con griegos y romanos hasta que llegan diversas tribus germanas y del este de Europa: son vándalos, suevos y visigodos (estos últimos se asentaron en Iberia y cerca de 500 años!). A éstos los conquistan musulmanes quienes mantienen distintos entidades territoriales como el califato dentro del imperio de Siria, reinos taifas, reinos independientes y otros hasta el siglo XV; reinos que fueron reduciéndose desde el siglo X.

Olor a bar de copas

Hace unos días un amigo de Buenos Aires, alguien muy ducho y experimentado en lo de poner pensamientos en palabras y palabras para construir pensamientos, me recordaba de unas combinaciones de bebida típicas de Uruguay. Resulta que estaba escribiendo una novela que comenzaba en mi pequeño país; esa esquina lejana de América del Sur con vista al mar, exportador de jugadores de fútbol, bien definido por los brasileños como provincia argentina enclavada en territorio del Brasil… Los brebajes de los que me hablaba mi amigo eran el ‘Medio y Medio’ (nota 1) originado en el bar/sandwichería Roldós del Mercado del Puerto de Montevideo y la caña con vermú a la que bautiza como “medio y medio reo” (nota 2). La caña uruguaya (nota 3) se corta con un poco de vermú del más barato, así como con amarga, fernet, o jerezano; también se la sirve macerada en frutos autóctonos como la pitanga o el butiá que se introducen en la propia botella. Luego de las notas al final de este escrito transcribo un poema gauchesco de Guillermo Cuadri sobre los usos criollos de esta bebida titulado “La Caña – Santos Garrido”.

La caña fue una constante en todos los bares de barrio de la ciudad y especialmente del interior del Uruguay donde es posible encontrarla hasta hoy día. Quedan unas pocas nobles instituciones llamadas bares de copas sirviéndola, aquellas que llamamos de “rompe y raja” en la periferia de Montevideo y algún bar caro a la moda en los que por un lado la beben endurecidos bebedores habitués mientras que por otro la piden unos pocos snobs. Aclaro que en la jerga yorugua (uruguaya en lunfardo) se denomina ‘bar de copas’ a aquellos donde los parroquianos van básicamente a beber eso: ‘copas’ de bebidas alcohólicas. Son bastante menos en el Uruguay del siglo XXI pero aún quedan unos cuantos; los ‘acodados’ parroquianos (los clientes toman de pie ‘acodándose’ en los mostradores) donde mayormente beben whisky barato, tanto nacional como algún escocés más bien rasposo!

El bar de Pepe (Guiseppe en su original italiano) quedaba en la esquina de la misma manzana que el taller de mecánica industrial donde trabajaba mi papá. La entrada estaba en la ochava de las calles Gobernador del Pino y Dr. Vázquez Sagastume en el barrio de La Victoria, al lado del de La Teja; barrios obreros del Montevideo de posguerra con miles de casitas individuales de residentes propietarios. El edificio del bar de Pepe sigue en pie aunque no está ocupada por ningún comercio. Era otro bar entre los miles que había en el Uruguay de los 40; establecimientos que duraron de forma más o menos numerosa hasta los 80; luego fueron desapareciendo y hoy son una rareza. Han sido sustituidos por pizzerías con planchas chiviteras (nota 4) para comidas rápidas. Se toma mucha cerveza, refrescos azucarados u ocasionalmente algún whisky pedido por parroquianos veteranos. El bar de Pepe tenía dos cosas inusuales para la época: el almacén que atendía su mujer estaba separado y sin acceso directo desde el bar; lo otro era que Guiseppe vino de Italia, algo bastante extraño en Uruguay donde los dueños de casi todos los bares de Montevideo eran españoles de Galicia. El local lucía común y corriente; otra construcción anodina sin ningún detalle que la diferenciara de miles similarmente simples, económicos y casi invisibles en esa masa de modestas construcciones anónimas del perfil urbano de barrios como ese. No tenía afuera ni letreros de neón ni de otro tipo que lo identificara; solo un par de chapas metálicas litografiadas clavadas en la pared con propaganda de dos populares refrescos de aquellos años: la gaseosa Limol y la naranjita La Salteña.

Una vez adentro del bar nos recibía el clásico mostrador formado por una pared vertical de mármol muy veteado de tonos morados y blancos; en la parte superior estaba el mostrador propiamente dicho hecho de uno liso y blanquecino. Todo ese mármol era nacional, el más barato. Ese mostrador tenía forma de L con una vitrina montada sobre su parte más corta donde se guardaban los bizcochos para el desayuno; refrigerio que muchas veces consistía en una caña o grappa con un par de ‘curasanes’ o ‘pan con grasa’ nunca en plural. Factura o fatura en el hablar popular, hechos con rigurosa grasa vacuna; los repartían con un carro de caballo desde la panadería con horno de leña del mismo barrio. Pepe tenía una máquina de café expreso italiana que sólo ponía en funcionamiento en las mañanas para servir a aquellos que no se animaban con las bebidas alcohólicas tan temprano. Ahhh, no puedo olvidar que también en la vitrina estaban los huevos duros; no existían ‘bares de copas’ sin los omnipresentes huevos de cáscara blanca. Todo el tiempo que acompañé a mi padre al bar (obviamente por encargo de mi madre para que no prolongara demasiado su ‘acodamiento’ después del trabajo) nunca pude entender cómo alguien podía zamparse un huevo duro así como así, solo y sin nada. Pepe no ofrecía ni sándwiches ni bocadillos ni siquiera papas fritas o maníes (cacahuates) en aquella época. Recién de adulto me enteré que los huevos duros se comían para mitigar el efecto de haberse pasado de copas!

En la apasionante serie de novelas de aventuras del Capitán Alatriste de Arturo Pérez-Reverte cada vez que habla de una taberna en aquella España del siglo XVI nos detalla su olor. Hace lo mismo con respecto a los soldados de aquellas luchas sucias en el más amplio sentido; sucias en el comportamiento como todas las guerras y sucias por la falta de un aseo mínimo. Yo podré contar del olor de un bar pero no del olor del hombre en guerra pues, a diferencia de don Arturo, nunca estuve ni cerca de una. Sí participé varias veces en aquellas batallas de agua que se hacían en los carnavales de mi niñez en los calurosos febreros de Montevideo. Allí no había olor pues se tiraba tanta agua a baldazos que si alguien no se hubiera bañado en el último año quedaba libre de cualquier aroma ofensivo! Es que los olores constituyen la sensación que va desde su captación sensorial al cerebro en la forma más inmediata y directa; no se pierden así no más. Les relato el hecho de recordar estos aromas casi como lo más intenso que siento de mis memorias de la niñez y adolescencia. De ahí el título de esta nota: “Olor a bar de copas”.

Sé cómo olía un mecánico tornero o un soldador que eran los oficios de mi papá. Hoy nos puede resultar más familiar los que emanan de mecánicos de autos, pero aquellos de mi papá y su taller eran muy diferentes. Es que no habían fluidos como gasolina o gasoil ni aceites de motor. Los lubricantes para las máquinas estaban en aceiteras muy esbeltas, elegantes y bien cuidadas; eran objeto de mi curiosidad y admiración cuando niño. Las chispas eléctricas de los motores de los grandes tornos y del pesado equipo de soldadura electrógena por arco voltaico producían un olor muy peculiar, muy parecido al que se percibía en los viejos tranvías de Montevideo. Cuando por algún motivo se olfateaba eso en una casa, probablemente como consecuencia de un mal contacto eléctrico en algún enchufe, lo llamábamos “olor a tranvía”. Los tornos desprendían además otro aroma quizá más sutil, el de las rebarbas muy calientes de metal nuevo y brillante que se producían a medida que iba labrando el acero con su “vidia” (herramienta para desbastar los metales) al interactuar con el líquido de enfriamiento que yo llamaba leche por su color blancuzco. Seguro que no era más que agua con algún aditivo para mejorar su función refrigeradora.

Pero es el olor del bar de Pepe, ese único e imborrable recuerdo que quiero evocar. Un recuerdo que, como toda sensación olfativa que por alguna razón nos queda grabada en la mente, es tan permanente como una incisión en granito. El olor en lo de Pepe era un vapor de carácter indefinible; una atmósfera producto de la mezcla de diferentes cosas. Por un lado estaba el humo de cigarrillos negros fuertes, baratos, sin filtro como los Republicana. Por otro el aroma inconfundible de la grappa Ancap con limón (nota 5), el brebaje favorito de la mayoría de los parroquianos. No eran épocas de cerveza; se la bebía más bien en verano incluso por parte de mujeres y niños en fiestas de casamientos, cumpleaños y para Navidad (pleno verano austral). Eso sí, el bar de Pepe ofrecía bebidas de ‘hombre’ o sean destiladas, algún refresco para niños como yo y la mujer que ocasionalmente se atrevía a entrar acompañando a un parroquiano. Mi refresco favorito de entonces era la Citral, mezcla de agua mineral Salus con algo de limón natural y poca azúcar; un gusto muy diferente a las gaseosas o “graciosas” como se las llamaba en ‘chamuyo lunfardo’ (nota 6). Otra constante en el bar de Pepe era el vino tinto Harriague (nota 7) que venía suelto en damajuanas de 10 litros y mi papá decía que era muy bueno y lo llevaba a casa para las comidas del mediodía. En bares de menor categoría (Pepe mantenía un nivel después de todo) se ofrecía el vino “frutilla”, muy barato, hecho con uvas llamadas “chinche” por su pequeño tamaño y de gusto levemente frutado. El vino, así a secas y sin más especificación, se servía en grandes vasos de refresco de unos 250cc. Según los que tomaban caña o grappa eso era para los ‘pobres’ (me pregunto entonces, qué eran los ellos mismos si no asalariados igualmente pobres). Se menospreciaba por parte de los parroquianos habituales a los que tomaban vasos de vino como pordioseros, y generalmente lo eran. También estos parroquianos solían acodarse algo alejados hacia el extremo del mostrador como aislándose de los otros bebedores. En cuanto a diversión no eran tiempos de máquinas tragamonedas u otros engendros electromecánicos; para entretenimiento estaba la baraja. No había mesa de casín o billar, eso era más para los establecimientos pitucos del centro. Se jugaba a la conga sobre las mesitas con tapa de mármol blancuzco como el del mostrador que estaban armadas sobre cuatro patas de madera barata. En lo de Pepe ni siquiera se jugaba mucho al truco; era un juego muy popular en los clubes de bochas y otros llamados ‘sociales’. Quizá porque el truco, y la modalidad jugada en Uruguay, requería mentes más alertas…

Las bebidas se servían en pequeños vasos de unos 40cc de forma cónica con fondo plano. El cantinero las llenaba hasta el mismo borde. Para lograr esto y dejar contento el cliente, la mayoría de las veces se pasaba de la medida derramando el líquido. La grappa con limón quedaba sobre el mostrador aumentando con su lenta evaporación ese perfume tan particular. Pepe, a quien nadie llamaba Guiseppe y siempre de riguroso usted, no era muy fanático del uso del fregón para secar facilitando así que los efluvios de la bebida caída sobre el mostrador se propagaran más. Completaba la mezcla de aromas el del aserrín desparramado en el piso junto al mostrador; estaba siempre allí pero se le veía más abundante en los días de lluvia. El objeto de este aserrín era absorber los cuantiosos escupitajos de los parroquianos. No sé si la combinación de fumar mucho y sin filtro sumado al frío húmedo de Montevideo fomentaba la producción de esa enorme cantidad de flema que, finalmente, terminaba siendo absorbida por el perfumado aserrín. Parece que las escupideras colocadas en los extremos del mostrador no solo quedaban lejos sino que moverse hasta ellas habría significado la pérdida de la cómoda posición del bebedor acodado en el mostrador.

Años después, por circunstancias que no explicaré aquí, me vi en la necesidad de conducir camiones para repartir mercaderías en comercios del interior del país (que indefectiblemente tenían una parte de almacén/despensa y otra de bar); repartos que me llevaron por las cuchillas de parajes poco conocidos y villorrios alejados de las carreteras. Un interior no tan lejano de Montevideo en quilómetros pero lejos del mundo de aquel entonces. Aun así ya eran los 70, tiempos que iban cambiando. Se empezaba a tomar whisky y la propia Ancap tenía ya una bebida más refinada llamada Espinillar (nota 8) para tomar con hielo. Todavía llevábamos en el camión buena cantidad de caña común y grappa, brebajes para criollos de ley como se diría en una canción folclórica. Yo era chófer y me acompañaba un peón; entre los dos descargábamos las mercaderías a lo largo del reparto. De vuelta traíamos los envases vacíos ya que tanto las bebidas de Ancap, el aceite comestible y muchos líquidos para limpieza, se envasaban en botellas retornables de vidrio que luego de lavadas se volvían a utilizar; procedimiento muy ecológico de acuerdo a parámetros actuales! Las botellas de grappa Ancap nos daban un poco más de problema ya que muchas veces nos las entregaban aun con las espirales de las cáscaras de limón que ponían dentro para hacerla al gusto de los tomadores. Una vez de vuelta al depósito tanto los peones como los choferes que no teníamos otra tarea por hacer nos poníamos a pescar las cáscaras de limón de las botellas; si no iban vacías Ancap no las aceptaba de vuelta y se perdía el depósito.

A la llegada del atardecer, ya concluida la jornada de trabajo estábamos agotados; habíamos cargado y descargado un gran número de sacos de azúcar de 50k, de harina de 60k, rollos de alambre, casilleros de 20 botellas de aceite comestible, otros de grappa y caña, bolsas de sal de 25 y ocasionalmente de 50k, éstos de sal ‘rota’ para la carneada del chancho en invierno así como cajones de tripas para hacer embutidos y la más variada mercadería general. Eran unas 7 toneladas que transportábamos en aquel veterano camión Ford Thames inglés de 6 cilindros; lo llamábamos el “Chanchito” por la peculiar forma que tenía su frontal. Al fin de la jornada laboral al atardecer llegaba la hora del mate amargo. Nunca bebí mucho mate pues no le caía bien a mis tripas; chupaba unos pocos junto a mi acompañante y rápidamente me iba a la pulpería-cantina-bar-restaurant para cenar pues había que dormir bien para volver al reparto temprano el próximo día. El dueño del lugar, que era también nuestro cliente, nos invitaba a beber un aperitivo antes de cenar. Yo pedía, para no abusar de su generosidad ni pecar de extravagante, una ‘caña con vermú’; me parecía que al cortarla con vermú estaba disimulando su catinga (gusto fuerte desagradable) que le sentía a esa bebida y así podía enfrentarme al aperitivo sin desairar a quien nos invitaba. Tomar caña era de hombres de verdad; los debiluchos y las mujeres optaban por el vermú mientras que el vino, como ya señalé, era para pordioseros… De allí mi experiencia con esa bebida hosca de criollos, la caña Ancap. Ya de antes de lo que cuento el ente oficial de la bebida alcohólica en Uruguay ofrecía para los nuevos bebedores que se iban sofisticando, no para los parroquianos del bar de Pepe, la caña añeja, la añeja especial y luego vino el refinamiento máximo con el (o la?) Espinillar así a secas, la que se tomaba con hielo, como el whisky.

Pero el olor del bar de Pepe no lo perderé nunca. Salú compañero!

Mario A. Navarro
Valencia, 6 de octubre de 2019PAYADORES MOSTRADOR

Notas y poema:

• 1 – Medio y Medio es la mezcla en partes iguales de moscato espumante y vino blanco Sauternes. El moscato espumoso era de tipo dulce (había un demi-sec también), originalmente de la antigua bodega Faraut de Manga en Montevideo (1895-2002).
• 2 – Medio y medio ‘reo’ figura en Wikipedia con el significado que le da mi amigo escritor pero jamás lo he escuchado en el hablar uruguayo o sea ‘chamuyo yorugua’ en lunfardo (ver nota 6). Quizá Wikipedia se haya hecho eco de un neologismo o más bien, de un ‘pitucoismo’ (perdón RAE)!
• 3 – La caña uruguaya es un aguardiente destilado de la caña de azúcar de un color amarillo-dorado como el color de un té negro no muy cargado. Tiene 40º, su gusto es entre amargo y dulce a la vez, quizá por el agregado de caramelo.
• 4 – Plancha chivetera es una superficie profesional tipo grill muy común en cualquier restaurante pero que debe su nombre al ‘chivito’ uruguayo: un sándwich de lomito con muchos agregados en el pan que lo forma.
• 5 – ANCAP es un Ente autónomo del Estado Uruguayo: es la Administración Nacional de Combustibles, Alcohol y Portland. Aún hoy detenta el monopolio de la refinación y venta de combustibles. En la época del relato también tenía el monopolio de la producción de cañas y grappas.
• 6 – Chamuyo: habla, conversación; para la RAE: “palabrería que tiene el propósito de impresionar o convencer” [el autor discrepa con esta definición]. Y seguimos: según la RAE el lunfardo es “jerga empleada originalmente por la gente de clase baja de Buenos Aires, parte de cuyos vocablos y locuciones se introdujeron posteriormente en el español popular de la Argentina y el Uruguay”. Agrego: dado el alto porcentaje de inmigración italiana hacia Argentina a fines del XIX y principios del XX, el lunfardo está repleto de términos venidos del italiano y especialmente de sus dialectos hablados en Nápoles y Catania. Además, la entonación del español-porteño (el de Buenos Aires) suena más a italiano que a español-castizo.
• 7 – Harriague, Pascual: inmigrante vasco-francés (nacido en 1819 en Hasparren, Bajos Pirineos, fallecido en 1894). Vino a Uruguay en el siglo XIX y abre una bodega en Salto (noroeste de Uruguay) en 1860. Luego de varios fracasos importa sarmientos de la cepa Tannat, originaria de Madiran, zona cercana a su lugar de nacimiento, obteniendo exitosos resultados en 1874. La noble y fuerte cepa Tannat se ha adaptado al clima y suelos del Uruguay con niveles de calidad similares y aún superiores a los de su región original. Tres o cuatro décadas atrás la cepa Tannat era aún nombrada en Uruguay por el nombre de su introductor: Harriague.
• 8 – Espinillar (a secas) es una bebida más refinada destilada también de la caña de azúcar y elaborada como el ron.
• Poema gauchesco “La Caña – Santos Garrido” (de Guillermo Cuadri):

Es a usté mesmo paisano,
que lo quiero aconsejar;
tengo ganas de versiar
y está liviana la mano.
Como viejo soy baquiano
y la vista no m’engaña;
la vida me dió más maña
que a petiso chacarero;
ansí abra el ojo, aparsero,
vi’á’blarle sobre la caña.

¡La caña! ¡Dioses benditos!
Sólo al nombre, compañero,
se me pon’el tragadero
como p’haser gorgoritos.
La sensia, con sus escritos,
dise de tuita sabensia;
áhura li habla la esperensia
d’este gaucho, duro y viejo.
Siga nomás mi consejo
y riasé de la sensia.

¿Que tien’el pecho serráo
y tuese com’una oveja,
y se áhuga porque lo aqueja
un machaso refriáo?
Ya está el rimedio encontráo,
viejo, no le quede duda:
medesina macanuda,
-juera de tuita pavada-
es chupar caña quemada,
con un güen “taco” de cruda.

Si hase tiempo enfermo está
sufriendo’e la “pajariya”,
pá eso es una maraviya
la caña con arasá.
Tamién caña con gutiá
es güena pá muncha cosa,
y si el dolor me lo acosa
y en el cuerpo se l’ensaña,
misture un frasco de caña
y “esensia maraviyosa”.

¿Que su china “campanuda”
está enferma de la “madre”?
No se me asuste, compadre,
y dele caña con ruda.
Verá como pronto suda,
y hasta el cuerpo se le baña;
p’haserle güena campaña,
-es justo que se lo diga-
le acomoda en la barriga
un trapo mojáo con caña.

Si la boca siente asquiada
del tabac’o de otra causa,
haga unos buches, con pausa,
de caña con limonada.
Cuando la pans’afetada
de dolores, tenga usté,
no se me arroye, por qué,
no se v’a morir del chucho,
y áhi nomás, y sobr’el pucho,
tome caña con ferné.

Si tien’en el pecho un “taco”
de flemaje alborotáo,
no se abatate, cuñáo,
métale caña con guaco.
¿Que s’está poniendo flaco
y el disgano lo acompaña?
Se li ha d’entonar la entraña
si usté aseta mi consejo,
y dispasito y parejo
hase gárgaras con caña.

Si un rival sigue su güeya
y algún miedo lo acompaña,
eche pólvora en la caña
y haga escarsiar la boteya;
que dispués no li hase meya,
ni un hombre, ni un batayón;
y es capás, de sopetón,
si la pisada no chinga,
de sambuyile a Mandinga
hasta la crus el facón.

¿Que su china, en malas tretas
“se alsó como leche hervida”,
y al amargarle la vida
“lo hiso arar con las peinetas”?
¡Busqu’en los libros, resetas,
pá ese dolor que lo daña!
¡Que pá disgrasia tamaña,
pá no morir de dolor,
no hayará nada mejor
que prendérsele a la caña!

¿Triste, com’un día de yuvia,
tien’el alma desolada?
¡Meta caña, camarada!
que ansí el dolor no lo engubia.
Que la caña por ser rubia,
tiene muncho de mujer,
y nos agranda un plaser,
y nos achica una pena…
¡Si al haser cosa tan güena
Dios supo lo qu’ib’haser!

Cuando perdemos la calma
por algún dolor projundo,
y crémos que tuito el mundo
se nos echa sobr’el alma,
¡cómo se ajunta y s’empalma
tuito el dolor en la entraña!
Pero ese duelo, esa saña
qu’en el corasón se afierra,
se ha de dir a la gran perra
si se le priende a la caña.

¡Si hase bién de muchos modos!
¿V’a declararse a una china?
¡Métale caña, que ansina,
le charl’hasta por los codos!
¡Por eso es, viejo, que todos,
más o menos l’han bebido!
Y áhura, paisano, le pido,
si me topa en su campaña,
le pague un vaso de caña
pa’l viejo SANTOS GARRIDO.

Septiembre de 1959: ¿por qué toco fagot?

Sonó la tradicional campanilla del sólido y pesado Ericcson de cables de tela y gruesa bakelita negra. Me apuré a contestar para que no llegara a despertar a mi padre que hacía su clásica siesta de todos los días. Era la media hora de sacrosanto silencio que le permitía recuperarse luego de la comida del mediodía, un cigarrillo Republicana sin filtro, una hojeada al periódico de la mañana y así para poder encarar el trabajo de la tarde. Eran esas comidas típicas que hacía mi madre en casa, como en todas las casas de aquellos años cincuenta; comidas que mi padre acompañaba con un generoso vaso de vino tinto Harriague de damajuana (hoy la cepa insignia de Uruguay, Tannat, originaria del país vasco francés). Una vez que recité la respuesta como siempre:

–familia Navarro Pizzo, ¿con quién desea hablar?–.
Al levantar el tubo oigo una voz que me resultaba conocida que me dice:

–Hola, ¿está Mario?— Le respondo que sí, que era yo mismo quien hablaba. Entonces prosigue:

–Mirá, soy Arturo López y te quería decir algo respecto al concurso (sería oposición en España) de la OSSODRE * (ver nota al final)  al que te apuntaste—

Arturo era una persona de mayor edad que yo, que tocaba (o hacía lo posible) un fagot tipo francés, y a quien conocía por haber actuado con él en alguna zarzuela u orquesta mayormente de aficionados como yo, en mi caso haciendo pininos en la silla de segundo. Le contesto que me dijera de qué se trataba pensando que podía aparecer algún rebusque en una zarzuela o algo así. Aclaro en este punto que yo estudiaba fagot en forma particular con Gerhard Hase, un alemán relativamente joven que había hecho venir a Montevideo el director Erich Kleiber para que tocara de primer fagot con la OSSODRE ya que no gustaba de los fagotistas que la integraban. Hase no tenía otros alumnos ni daba clases en el conservatorio. Tampoco pasaba por mi cabeza la idea de transformarme en músico profesional como explicaré más adelante. En seguida me espeta:

–Tengo que pedirte que no te presentes al concurso pues hace ya un tiempo que “nosotros hemos” decidido (las comillas son mías) que ese puesto es para mí— (se trataba de la posición de contrafagot y cuarto fagot de la OSSODRE).

A lo que respondo que no sabía quienes eran esos “nosotros” (aunque para mis adentros podía intuir que se trataba de su profesor y el grupo de alumnos del conservatorio) así que por tanto le dije que me iba a presentar… chau y que pases bien. Fin de la conversación y fin de la llamada! Como ven todas las orquestas son más o menos iguales en formar camarillas aunque nunca llegan a los extremos del ambiente de la ópera y sus cantantes… Así me quedó claro que tenía que presentarme, no ya como estudiante de ingeniería que se divertía un rato, sino como un concursante en serio. Gracias Arturo, estés dónde sea que “La Fuerza” o lo que se les ocurra te haya mandado, me diste el empujón que me faltaba!mariofagotbonino

Incentivado por llevar la contraria y demostrar lo que creía justo, me presenté al concurso aquel 30 de setiembre de 1959. Tenía 17 años, tres y medio de los cuales había estudiado como pasatiempo el fagot. Toqué con empeño y cuidando el sonido (cosa que me preocupaba especialmente en el contrafagot); fue todo lo que pude en ese concurso para la OSSODRE, de esto hacen hoy 60 años! Pero parece que todo salió muy bien puesto que gané el concurso con la aprobación unánime del jurado (que incluía a un conocido director italiano de la época, Lamberto Baldi; el director artístico de la OSSODRE y pianista de actuación internacional Hugo Balzo y el solista de clarinete de la Sinfónica Gerardo Forino (en carácter de representante de los concursantes). Recuerdo que mi profesor me decía que el maestro Forino era del grupo de los llamados “nosotros” por Arturo López pero poco nos importó pues sabíamos que era un buen músico así que cuando me piden que vote un delegado elijo al mismo de los otros concursantes o sea, al Sr. Forino. En esa prueba también se buscaba un segundo fagot (puesto al que no me presenté) y ganó con total solvencia y también por unanimidad del jurado Filiberto Núñez, padre del conocido fagotista Gustavo Núñez del Concertgebouw de Amsterdam.
Pero entonces, ¿por qué un estudiante de ingeniería que hacía música como una diversión más aquellos sábados o domingos de tarde tocando tríos (divertimentos de Mozart) y cuartetos (de Rossini) con compañeros estudiantes de unos cursos superiores en ingeniería (dos clarinetes y una trompa), se engancha a practicar contrafagot para un concurso de la orquesta nacional del país? No era mi pasión este instrumento y más bien trataba de disimular su timbre hosco y poco atractivo. Aunque nunca había tocado contrafagot practiqué para el concurso aunque sin exagerar: un total de 15 horas con el instrumento para el concurso. Eran más de las pocas horas que habitualmente dedicaba por semana al fagot. Por suerte mi madre me acompañaba al piano así resultaba bien fácil ensayar en casa. Recuerdo que tocamos el concierto de Mozart en el fagot y luego yo solo en el contrafagot  la parte de ‘La bella y la bestia’ de ‘Mi madre la oca’ de Ravel. Sé que toqué otras obras pero no recuerdo ahora. Me viene a la cabeza un comentario que me hizo el maestro Balzo al cabo de un tiempo de estar en la OSSODRE, cuando le comenté que deseaba irme al exterior y probar suerte por el mundo. Entonces me dijo:

–Mirá Marito, no te queremos perder como miembro de la Sinfónica. Cuando tocaste en el concurso y en las posteriores intervenciones actuando ya junto a la sinfónica, el Maestro Baldi dijo que eras en mejor contrafagot de América!— No le contesté nada pero me fui quedando…

ossodremitchelEsto parece un auto-panegírico pero es que los hechos fueron así **(ver nota al final). Aún en ese entonces la OSSODRE era una gran orquesta reconocida internacionalmente; visitada y dirigida por grandes personalidades musicales del mundo. Tuve la suerte de tocar con figuras legendarias como Hermann Scherchen, Jasha Horenstein, Kiril Kondrashin, Howard Mitchell, Enrique Jordá, Henrik Swoboda, Lazlo Szomogyi, Witold Wislocki y tantos otros que hoy parecerían etiquetas de discos de pasta y vinilo! También con un sin número de solistas del mismo nivel, muchos a quienes he recurrido por su maestría como ejemplo en mis clases de interpretación y estilo.

Aún no aclaré la razón de mi elección del fagot como instrumento. Verán que es simple y entendible. No fue por vocación hacia el fagot; jamás lo había pensado hasta que la conjunción de ciertas cosas se dio. En mi casa siempre se hizo música siempre; estoy seguro que venía escuchando al Bach-Busoni que estudiaba mi mamá en el piano ya desde mi estancia en carácter de prebebé en su panza. Tocaba mucho Bach pero también Turina, Albéniz, Guastavino, Mozart, Chopin y el Ginastera de la primera época. Mi mamá acompañaba a varios violinistas así que Fritz Kreisler, Sarasate, Beethoven, el aria de la cuarta cuerda como lo llamaba mi tía violinista luego violista (era el arreglo para violín y piano del Aria de la Tercera Suite de Bach) y varias tantas otras obras conocidísimas me resultaban muy familiares aún al paso de los años. Comencé a estudiar piano de pequeño con solo 4 años; de hecho podía leer música mucho antes que palabras (notas a los cuatro mientras que seis para las letras). Llegué a los 11 años sin mucha afición por ese instrumento  aunque había llegado a tocar algún Scarlatti, Clementi, Bach y Mozart. Así que dejé de estudiar piano.  Un abandono que hoy deploro y no puedo llegar comprender cabalmente.

Como hacer música era un hecho no solo natural sino que se sentía como una necesidad en mi casa, mi madre, y en cierta medida yo mismo, llegamos a preocuparnos. Luego de un tiempo de no hacer nada con la música más allá de escuchar, llegué hasta tomar unas pocas clases de acordeón para ver si un instrumento de corte popular me entusiasmaba. La verdad es que fue mucho peor terminando por odiarla. Con un año más, y también más adolescente, me empecé a aficionar al jazz. Mi primo mayor, el hoy arquitecto Enrique Fraga Pizzo, siempre un músico nato (hasta hoy que con 85 años sigue tocando tangos a 4 manos con su musicalmente muy dotado nieto) era un entusiasta del jazz en aquellos años 50. Él me daba nombres y pautas para escuchar en la radio los temas y los conjuntos más interesantes. No teníamos tocadiscos, solo la radio de AM; la emisora era Radio Femenina (así se llamaba!) donde pasaban un programa de jazz sin ningún comentario más allá del nombre de la pieza y los intérpretes. Eran grabaciones muy surtidas de estilo e intérpretes, desde el Dixie primitivo, pasando por el Hot Club de París y hasta las Big Bands de los 40 y 50. Por suerte e transmitía de las 12:30 a las 13:00 justo antes de la sagrada siesta de mi padre! Gracias a mi primo Enrique pude ir a inolvidables conciertos en directo como los de Louis Armstrong y Dizzy Gillespie aparte de varias visitas al Hot Club de Montevideo. Entusiasmado por el jazz (y enamorado del sonido romántico de la trompeta de Harry James en The Man I Love y la brillantez que había escuchado de Cardozo en la propia OSSODRE tocando Petrushka justo con el acompañamiento del fagot o los ‘paseos’ de Cuadros de una exposición) le digo a mis padres que me gustaría estudiar la trompeta y esta vez en serio.

Tenía ya 14 años y sabía bastante de música por mis siete años de piano, todo lo cual facilitaba las cosas. Entonces se le ocurre a mi madre que el esposo de su íntima amiga, la soprano Olga Seitone, quien era el primer fagot de la OSSODRE, seguramente podría presentarme al gran Wifredo Cardozo, solista de trompeta y reputado como uno de los mejores especialistas del instrumento de toda América. En su juventud había tocado en la banda de Pérez-Prado (¿recuerdan el Mambo No.5?; él está tocando en la filmación de B&N, es el de gafas con borde negro grueso). Quiero destacar que el matrimonio Hase-Seitone vivía casi enfrente a mi casa apenas cruzando la calle desde la esquina, solo a unos 50m. Conocía bien a la pareja pues venían muy a menudo, sobre todo Olga a practicar partes de las óperas que cantaba. De vez en cuando oía a Gerhard tocar en mi casa al repasar obras de fagot con piano; mi mamá acompañaba a ambos con gusto. Yo escuchaba como siempre, sin intervenir, tal cual lo hacía desde que estaba en su panza… Entonces me decidí y finalmente fui a visitar a Gerhard a su casa para pedirle que le hablara al maestro Cardozo de mi deseo de empezar a estudiar trompeta. Me atendió muy amable y se ofreció a introducirme a su gran amigo Wifredo de modo que podría combinar para tomar clases en un conservatorio del centro de Montevideo. Al irme, luego de charlar un corto rato sobre mis estudios de ingeniería, me señala su fagot que estaba apoyado en una esquina de la habitación y me dice en su chapuceado español:

–Mira Magggrito: qué lindo es el fagot; cómo brilla la plata de las llaves contra la madera roja! ¿no gusta estudiar fagot?—

Me quedé pensativo un rato mientras mi cabeza recorría el camino hasta la parada del autobús al centro, a unos 400m (lo conocía bien pues era el mismo que tenía que hacer para ir a las clases de ingeniería); una vez en el autobús eran 20’ de viaje hasta la parada más cercana al conservatorio y de allí otros 400m hasta llegar a la empinada escalera de dos pisos. Y todo otra vez para volver al terminar la clase! Y así mi vocación de trompetista se vio superada por la comodidad de tomar clases de fagot a 50m de mi casa! Por tanto mi posterior ocupación como fagotista profesional tocando hasta el fin exacto de 2005 (la cátedra de música de cámara, interpretación y estilo hasta el 2008) se la debo a que preferí usar esos tiempos muertos e irrecuperables de los traslados para cosas más productivas o más divertidas, quizá temas que en mi vida posterior me ayudaron a sobrellevarla con gran positivismo y alegría de saber que no había perdido el tiempo! Como me dijo una vez un espectador en un ensayo abierto de la Sinfónica al preguntarme a qué me dedicaba para ganarme la vida:

–“Cómo … ¿toca en la orquesta y TODAVÍA le pagan?”–

Por eso poder hacer música es un regalo que nos da la vida y estoy agradecido de la enorme experiencia que han significado todos estos años de músico comenzando con la OSSODRE y también en otras orquestas.

Valencia, 30 de septiembre de 2019.

P.S. Igual disfruté, y disfruto de las cuestiones técnicas que me habían llevado a interesarme por la ingeniería; estudios que tuve que dejar para poder cumplir con las obligaciones de músico profesional de la Sinfónica hacia fines del mismo año de 1959.

  • Nota*: OSSODRE es Orquesta Sinfónica del SODRE que a su vez es Servicio Oficial de Radiotelevisión y Espectáculos), o sea la orquesta nacional del Uruguay.
  • Nota**: Escribe Michel de Montaigne en el capítulo VI de sus Ensayos que titula ‘De la preparación’: “… Ninguna descripción es comparable en dificultad ni en utilidad a la descripción de sí mismo […] La opinión general considera como vicioso hablar de uno mismo por odio a esa vanagloria que parece ir siempre unida a los propios testimonios […]”. En fin, quise traer estas palabras pues no es fácil, tal cual expresa el grandioso Montaigne, escribir y contar cosas sobre uno mismo pero como va mi motto: Lo que es, ES!